17 noviembre, 2011

Las luces de mi ciudad

Cuando se hizo de noche en mi pequeño mundo, creí que estaba soñando. Más que nada porque nunca pensé que llegaría ese momento. Caminando por las calles, no encontraba a nadie. Las farolas no daban luz, parecían fundidas, así que daba un poco de miedo pasar entre avenidas vacías. El silencio era aterrador, y mi corazón estaba al borde del desastre. Además, mi mente no encontraba la manera de expresar lo que pensaba con mi boca, así que optó por callarse después de un tiempo. Y... Al final de una gran plaza, un bar, una taverna, con las bombillas funcionando. Me adentré en aquel lugar, sin saber dónde estaba. Llevaba tantas horas andando sin rumbo en la oscuridad que nada me detendría en busca de un poco de luz. Allí estabas tú, sentado en una banqueta, mirando una Coronita con aire distraído. Me miraste y sentí como todas las fuerzas del universo me empujaban hacia ti. Di un paso adelante y sonreiste. Parecía que tú tampoco habías visto a nadie en tu vida desde hacía mucho. Todo fue muy rápido: cómo nos conocimos, cómo empezamos a tenernos cariño. Me besaste o te besé, o qué más da. La cosa es que nuestros labios se juntaron en un minuto de desconcierto y amor infinito. Entonces, me dí cuenta de que todavía podía encender las luces de mi ciudad.

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