14 diciembre, 2010

Alba Vidal Arce

Es de esas personas que te hacen sonreír sin ni siquiera buscarlo. Tratar de explicar el efecto que tiene sobre mi estado de ánimo es como intentar hacer comprender un concepto de Filosofía cinco minutos antes de un examen. Sólo puede hacerlo ella. Tiene la absurda manía de estresarse, y eso... Me encanta. En realidad, todavía no he encontrado una cosa de ella que no me guste. Es como una buena golosina, en la que el sabor dura poco entre tus brazos y tarda mucho en irse de tu boca. No hace falta decir que tiene los ojos más bonitos del universo. Pero, ahora, no estoy hablando de su físico. Estoy escribiendo sobre sus virtudes, sobre lo que ha hecho en mí, cómo me ha cambiado. Es de las pocas que confía en mí, que me abraza cada vez que me ve un poco sensible y que me tiende su mano sin necesidad de palabras. Eso es. Ella es la clase de chica que está a tu lado y no necesita hablar para hacerte sentir mejor de lo que estabas cuando llegaste a su sonrisa. Me acuerdo de la primera vez que leí el relato que escribiste. Creo que ya te lo mencioné, pero la protagonista siempre me recordó a ti.

No hace falta que yo te lo diga, pero eres fantástica. Y lo mejor es que lo eres veinticuatro horas al día.

Te quiero.

04 diciembre, 2010

He took the light and left me in the dark

Posé mis manos sobre el escritorio y comencé a quitar cosas, cosas que me regalaste, o que me recordaban a ti y a lo que una vez tuvimos. Empecé a pensar que tener esos objetos allí no haría que volvieses, ni tú, ni tus sonrisas. Era hora de recoger las piezas que había recopilado sobre ti y guardarlas debajo de la cama. Me apetecía que regresases. Me hacías falta más que nunca. Pero debía dejarte marchar. Quizás quise meterme en tu vida como yo te había permitido entrar en la mía. Sentía si te había contado demasiados problemas, si te había agobiado con mi egoísmo. Era posible que lo nuestro se hubiese acabado por un simple gesto, o por algo que yo hubiera hecho y que te hubiese molestado. Dejé de darle vueltas, porque ya le había dado demasiadas. Antes de dormir, pensaba en ti, en los días de playa y en los bares. Creía que estabas conmigo una vez más, y que no tenía de qué precouparme, porque ya no estaba sola, habías vuelto. Sin embargo, cogiendo entre mis dedos aquellas cosas, me sentía más sola que nunca, y tú no estabas para decirme lo contrario.

24 noviembre, 2010

Anaiss

Tiene andares de gata, pero es un poco princesa. Le gusta bailar y beber. Tequila tras tequila se quita la máscara de tristeza y, frente al espejo, se maquilla los ojos, que se mueren por un dueño, para que no se note tanto, para parezca casualidad que su mirada se encuentre con otra. Todos observan con deseo lo que no podrán poseer nunca, pues ella sabe controlarse y elegir detenidamente. Ella tiene una ligera idea de lo que quiere llevar a su cama de cristal, donde guarda su corazón entre espinas de hielo pinchado, para que no se escape a buscar a otro que no la sepa querer. Ah, hay que conocerla bien para decir qué narices le hace ser tan diferente. Va de fuerte, y es la más frágil. Se tiñe de acero y, luego, se derrite en tus manos como chocolate. Es todo dulzura, todo pasión, todo sonrisa. Sólo hace falta dejar de mirar sus andares para darse cuenta de que está hecho para ser una princesa.

Paolis

Tiene las gafas más geniales del mundo, y una nueva manía relacionada con sus uñas. Su hiperactividad me da ganas de saltar, gritar, cantar y, por supuesto, sonreir. Ella es... Nadie es como ella, con lo que no existen comparaciones posibles. Todavía retiene en su personalidad una pequeña parte de locura que todos quieren robar, porque aún no ha perdido el sabor de la infancia, la embriaguez mientras se está sobrio. Me encanta Paola porque tiene diecisiete años y no quiere crecer, al contrario que el resto de la población.

14 noviembre, 2010

Escribe mientras tengas tinta.

Prometí escribir día a día y, cada semana que pasa, me cuesta más seguir con la rutina. Se me terminan los temas y empieza la monotonía en mis cartas. Mis argumentos desaparecen detrás de una fina nube de tachones de bolígrafo cansado. Mi vida es aburrida y así lo reflejan mis palabras sin sentido. Están sucias, borrosas, gastadas por el uso. No quieren salir de mi mente vaga y estúpida. Mi memoria se destruye a velocidad insospechada y mis dedos no reciben órdenes ya, sólo me piden que pare, que me quede quieta, que no piense. Ni siquiera la música saca lo que hay dentro de mí. Nada queda de aquellos días en los que mis manos estaban ansiosas por coger un lápiz y ponerse a escribir, redactar cualquier cosa, incluso un relato poco coordinado. Las flores de mi corazón se agotan como las ideas en mi cabeza. Lo que más me fastidia es que no puedo hacer nada para evitarlo. Nada.

Cárcel

Ésto es una maldita cárcel. Decorada, con matices arcoiris, pero una cárcel. Lo peor de todo es que se mueve conmigo, y es de cristal. Lo peor es que no me había fijado hasta que un rayo de Sol le dio de lleno y se reflejó en el escaparate de una tienda de la ciudad. Agh. ¿Por qué tengo que estar encerrada en esta mierda de realidad? ¿Por qué no puedo escapar y liberarme de... Todo?

Noche cerrada.

Removí entre mis dedos aquellas llaves. La noche era bien cerrada y llovía. No había estrellas y hacía frío. Un frío aterrador. Mi boca expulsaba aliento y, con él, sin querer, el calor. Mis huesos me llamaban a caer al suelo. No quería volver a casa. Allí estabas tú.